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La carta literaria Los epistolarios del 27, una red de redes

Azuzena López Cobo

Desde que se publicaron los primeros epistolarios de autores del 27 a comienzos de los años ochenta del pasado siglo, el número de volúmenes y de autores cuyas cartas han salido a la luz, no ha dejado de crecer. Primero fueron algunas de Federico García Lorca, que más tarde vieron su edición completa hasta la fecha en el epistolario al cuidado de Christopher Maurer y Andrew Anderson1. Después la correspondencia amorosa de Pedro Salinas a su futura esposa Margarita Bonmatí, editada por la hija de ambos, seguida de la Correspondencia (1923-1951) cruzada con Guillén y las cartas de viaje, así como la larga relación epistolar con Katherine Whitmore2. Recientemente, Andrés Soria y Enric Bou han incluido el epistolario de Salinas en el tercer volumen de sus Obras completas3. Estas ediciones han ido marcando los hitos en la investigación epistolar del 27 de los últimos años. Las razones son dos y de distinto alcance.

El contenido de esta correspondencia, desde una perspectiva crítica, ha aportado datos para, al menos, enfocar con nitidez tres aspectos interconectados que conforman la cosmovisión del grupo: el de los propios corresponsales en sus vertientes pública y privada —mundo familiar, afectivo y profesional—; el del universo literario que contribuyeron a configurar, cuyo movimiento celeste animaron, así como su deriva posterior durante el exilio y, por último, el de la propia evolución como autores. Un ejemplo de esto último es la gestación de los poemarios La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento en la correspondencia de Salinas a Katherine Whitmore que confirmó el germen poético de su pensamiento.

La segunda razón de peso para considerar estos epistolarios como punto de inflexión de la edición de la correspondencia del 27 tiene que ver con la ecdótica, el modo y el fin de la edición. Los trabajos aparecidos en la última década del siglo XX vinieron a confirmar la necesidad de concretar una metodología básica sobre la que configurar la edición de este tipo de documentos.

Una revisión apresurada de esta metodología no debería olvidar al menos elementos de carácter textual, contextual y paratextual. Entre los primeros se destacan los criterios de trascripción como la normalización ortográfica, de acentuación y de puntuación; el desarrollo o no de abreviaturas, la inclusión o no de fragmentos tachados en el original y la anotación que comparte con la siguiente categoría —elementos contextuales— su condición de situar al lector en la mayor comprensión posible del texto (anotación textual) y de las circunstancias en que se escribe (anotación contextual). Corresponden también al nivel contextual los diferentes anexos cuya inclusión es facultativa del editor y que contribuyen a mejorar el alcance global de la intención textual: fotografías, misivas de otros corresponsales que por su contenido abunden en aspectos concretos que ayuden a fijar la interpretación del epistolario en cuestión, etc. Entre los elementos paratextuales están los que estructuran la investigación. Cabe destacar la procedencia de los documentos, la ordenación (cronológica, temática u otra y su justificación razonada), la elaboración de fichas de cabecera en las que se especifiquen los corresponsales, el tipo de documento (carta, tarjeta postal, telegrama, tarjeta de visita), si es manuscrita o no, fecha y lugar de escritura, firmas y cuantos datos puedan aportar información sobre la misiva. Por último, para completar el armazón metodológico citaremos dos apartados más que hoy son imprescindibles: el prólogo del editor que sitúa con precisión la aportación de éstas al conocimiento de la vida y la obra de sus protagonistas, así como su contribución a la red de datos que permiten al investigador interpretar mejor la época y, en segundo lugar, los ineludibles índices. Éstos pueden ser de relación de las cartas, de procedencia de las mismas, de corresponsales, de personas, obras y revistas citadas, o bien su inclusión puede deberse a otras razones en función del andamiaje del epistolario. Hoy no se justifica un epistolario con aparato crítico que carezca de índice onomástico. La edición de la carta debe estar al servicio del lector y en ella debe concurrir toda la información que revele el código textual entre los corresponsales, de modo que resulte lo más transparente e inteligible posible para el lector, con independencia del grado de familiaridad que tenga con los autores y sus circunstancias.

Con razones como ésta y gracias al desarrollo de las nuevas tecnologías aplicadas a la edición de los textos, surge Epístola, un proyecto con financiación estatal coordinado por José-Carlos Mainer que nace con el siglo en el seno de dos fundaciones estrechamente ligadas a los componentes del grupo del 27, al fomento de la investigación de sus obras y protagonistas y a la recuperación de su legado disperso y muchas veces perdido tras la guerra civil, el exilio y la dictadura militar posterior. La Fundación Francisco Giner de los Ríos y la Residencia de Estudiantes idearon e impulsaron Epístola con el fin de «crear por primera vez de forma coordinada y sistematizada, un corpus documental de la literatura epistolar que concierne a los escritores de la llamada Edad de Plata de la cultura española (1868-1936)», según texto editorial. La colección cuenta ya con ejemplares de cartas de Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Benjamín Jarnés, Adolfo Salazar, Juan Larrea con David Bary, Vicente Huidobro con Gerardo Diego, Juan Larrea y Guillermo de Torre y, por último, Zenobia Camprubí con Juan Guerrero Ruiz.

Si bien todo epistolario debería aspirar al menos teóricamente a localizar, estudiar y publicar la correspondencia cruzada de un autor a lo largo de su vida (con lo que esto supone para quienes como Rafael Alberti vivió casi 97 años), lo cierto es que la mayoría de los epistolarios publicados se circunscriben a periodos, episodios o corresponsales concretos. Sólo los de Cernuda (2003), Altolaguirre (2005) y Salazar (2008) han pretendido en algún momento de su gestación ser completos o, cuando menos, incorporar toda su correspondencia conocida hasta el momento. Pero en conjunto, este proyecto ha venido a fijar definitivamente el minimum metodológico imprescindible sin el cual ninguna edición epistolar se justifica hoy4.

Francisco Díaz de Castro elaboró en 1997 un estudio muy completo sobre los epistolarios de poetas del 275. En él analizó hasta 26 conjuntos de cartas de Salinas, Guillén, Lorca, Diego, Aleixandre, Prados, Cernuda, Hinojosa, Domenchina, Bergamín. Remito al lector a ese texto esencial sobre el que se apoya este otro, que se aventura a revisar, si bien sucintamente, algunos de los epistolarios más representativos publicados en los últimos doce años. Mi intención es la de ofrecer un breve análisis de las aportaciones fundamentales de los epistolarios de creadores e intelectuales al conocimiento que tenemos de la época. Cuantos más y más contrastados datos tengamos de sus protagonistas, mayor capacidad tendremos en un futuro no muy lejano de hacernos una idea veraz del complejo entramado de relaciones e interrelaciones que conforman el universo cultural de los años veinte y treinta del pasado siglo.

El epistolario de Vicente Aleixandre con Juan Guerrero Ruiz6 lo forman 41 misivas a Guerrero Ruiz y 12 a Jorge Guillén entre 1926 y mediados de los añoscincuenta. Procedentes del archivo de la Sala Zenobia / Juan Ramón Jiménez en Puerto Rico, se trata de un epistolario de gran relevancia por la novedad de sus documentos, casi todos inéditos7. Además, en él asistimos a la génesis de muchos de los números del Suplemento Literario La Verdad y de Verso y Prosa, entre otras. Las referencias al acto sevillano del centenario a Góngora son ineludibles:


Querido Guerrero: sucesivamente he recibido los dos ejemplares que, uno a
Madrid y otro aquí, me ha enviado Vd, del último número de Verso y Prosa.
¡Qué bien el Homenaje a Don Luis! Me ha gustado mucho: todo el número
dedicado a Góngora: el homenaje más completo hasta ahora.8


Pero tal vez lo más destacado sean las referencias a su amistad con los miembros más jóvenes (Cernuda, Prados, Altolaguirre, Hinojosa y Muñoz Rojas), la conciencia en 1929 de estar abriéndose a una nueva fase poética influenciada por Lautréamont, Rimbaud y Jacob que culminará con las prosas poéticas de Pasión de la tierra9. Se trata de un epistolario de anotación rigurosa y un prólogo que orienta y completa la información que falta en el texto. Porque las cartas que se recogen en él son exclusivamente las enviadas por Aleixandre, careciendo el lector de las misivas de Guerrero o Guillén. La ordenación es primero por destinatario y después cronológica. Carece de nota a la edición y de índices.

El epistolario de Luis Cernuda10, con más de mil cartas de las cuales casi cuatrocientas son inéditas, se convirtió tras su centenario en un libro de referencia para conocer a uno de los poetas más controvertidos del 27. Considerado esquivo y huraño por algunos de sus coetáneos, fue en cambio cercano, humano y amigo para otros. En sus palabras a la hija y los nietos de Manuel Altolaguirre y Concha Méndez se descubre al hombre tierno, sin que esto aplaque un ápice el Cernuda más ácido con el mundo literario. En ellas se percibe el tránsito desde el aprecio inicial por maestros y amigos hacia una progresiva desconfianza y final desprecio. A Juan Ramón Jiménez lo acusa de prepotencia («creía que la poesía española terminaba en él»); a Pedro Salinas («espiritualmente es bastante petite chose»), a Jorge Guillén y Dámaso Alonso que pertenecen «a otra generación, y ya no alcanza este mundo en el cual nos debatimos intentando expresarlo, realizarlo». Muy pocos recorren el camino en sentido inverso: María Zambrano deja de ser «pedante» y «escritora mala» (1944) para ser «persona en extremo simpática, además de ser inteligente y culta» (1959). Sabíamos por la «Carta abierta a Dámaso Alonso» —respuesta vehemente a las acusaciones formuladas veinte años antes y que en 1948 repite Dámaso— que Cernuda nunca perdonó la hostilidad con que fue acogido Perfil del aire. Pero es en sus últimas cartas donde ese sentimiento de ofensa se presenta más descarnado: «Además, envuelto como estoy en chismes sobre que soy «imposible y grosero», famita que, desde nuestra bendita tierra, llega hasta mí aquí»11. Y en carta a Jacobo Muñoz: «Lo que mis «contemporáneos» digan sobre mí me intriga, ya que no pocos de ellos, sobre todo Salinas y Guillén, son quienes levantaron la leyenda que supongo habrá oído por ahí contar acerca de mí. Es curioso, eran ellos mismos quienes provocaban esa reacción de silencio y desagrado en mí»12. Opinión que repetirá en el poema «A sus paisanos» de Desolación de la Quimera:


¿Mi leyenda dije? Tristes cuentos
Inventados de mí por cuatro amigos
(¿Amigos?), que jamás quisisteis
Ni ocasión buscasteis de ver si acomodaban
A la persona misma así traspuesta.
Mas vuestra mala fe los ha aceptado.
Hecha está la leyenda, y vosotros, de mí desconocidos,
Respecto al ser que encubre mintiendo doblemente,
Sin otro escrúpulo, a vuestra vez la propaláis.13


Julio Neira en la introducción al Epistolario Santanderino de Gerardo Diego pondera por un lado la trayectoria epistolar hasta el momento —con su pertinente análisis del estado de la cuestión—, así como el valor documental de la correspondencia del 2714. Por otro, fija en el cuarto de siglo que va de 1945 a 1970 el periodo de los 444 documentos, la gran mayoría inéditos, que conforman el epistolario de Gerardo Diego con una multiplicidad de corresponsales que dan idea de los diversos planos que conforman la realidad del poeta. Multiplicidad y coherencia se logran en este epistolario que nos presenta un mosaico personal y poliédrico en el que lejos de encontrar revelaciones y comentarios que apostillen nuevas hipótesis sobre el grupo o la época, descubre su singularidad en la suma de fragmentos que van configurando sutilmente los eslabones de una larga cadena de vida.

La misma impresión aunque ampliada se percibe en el epistolario editado con motivo del centenario del poeta, impresor, editor, biógrafo, dramaturgo, guionista, director de cine y teatro Manuel Altolaguirre15. Ampliación que en parte se debe a la versatilidad de su trabajo pero, sobre todo, a su capacidad de reunir en torno la amistad y el aprecio de cuantos lo conocieron. Poetas, pintores, músicos, filólogos, pensadores, libreros, impresores, novelistas y toda suerte de artistas e intelectuales pueblan estas páginas que desvelan cómo letra a letra fue componiendo algunos de los mejores poemarios del 27. Una vocación cumplida unas veces en solitario y otras, acompañada por Emilio Prados o por Concha Méndez. De su imprenta sale buena parte de los poemas de sus coetáneos y casi todos los proyectos propios. Mucho de la historia editorial interna del 27 está contada explícita e implícitamente en este epistolario, como muy bien ha visto Julio Neira quien supo sacarle todo el jugo para alimentar su excelente Manuel Altolaguirre impresor y editor16.

La correspondencia entre Federico García Lorca y el crítico Melchor Fernández Almagro, ambos granadinos, se compone de 103 cartas17. Las 64 firmadas por el poeta están incluidas en la edición de Maurer y Anderson, salvo la enviada conjuntamente con Miguel Pizarro Zambrano y Francisco Martín, conservada en la Casa de los Tiros de Granada. Las restantes, inéditas hasta el momento, fueron enviadas por el crítico. Fernández Almagro fue hasta 1927 la conexión de Lorca con el ambiente cultural madrileño durante las temporadas que éste pasaba en Granada. El tono de la correspondencia es dispar y responde en cada caso a la imagen que cada uno proyectaba. Frente a la frescura y vitalidad de Lorca, en las cartas de Fernández Almagro domina el orden y la formalidad cordial. Frente al «Queridísimo Melchirito» el «Mi muy querido Federico». Lo que no impidió al crítico utilizar un tono paternalista con el amigo:

Por eso me parecería muy mal —hablándote con franqueza y tal vez sea impertinente— que pasaras el invierno en París: proyecto que tienes, según me dicen, y que en nada favorece el tratamiento de campo, reloj en hora y disciplina que necesitas con apremio. Tú harás, seguramente, lo que mejor veas. Y Dios sobre todo. Pero no creas que estoy sólo al opinar así. Todos los que te queremos, lamentamos tu desidia. Ardo en deseos de trabar conocimiento con «don Perlimplín» y con todo lo que estás produciendo, que seguramente será mucho, pues demasiado sé que tu indolencia no se manifiesta en el crear sino en el organizar. Por eso serás, pase lo que pase, un POETA extraordinario. Pero es menester, desde varios puntos de vista, que te disciplines y administres mejor. Si en estas palabras va algo que te moleste, tenlo por no escrito.18

No puede entenderse la constelación del 27 sin conocer también la correspondencia de Juan Ramón Jiménez. El 50 aniversario de la concesión del Nobel de Literatura y del fallecimiento de Zenobia Camprubí fue el pretexto en 2006 para que Epístola programara la edición de la correspondencia del matrimonio: la del poeta en tres tomos, del que uno ha visto la luz, y la de Zenobia en dos, uno dedicado a las cuatro décadas de relación epistolar con Juan Guerrero Ruiz y su esposa Ginesa Aroca y un segundo «que incluirá la correspondencia de Zenobia con familiares, amigos, colegas y editoriales», según nota editorial. De las 420 cartas que el editor de la correspondencia de Juan Ramón Jiménez, Alfonso Alegre recoge en el tomo inaugural, más de la mitad se editan por primera vez19. El epistolario concluye justo en el momento en que Juan Ramón inicia su viaje a Nueva York para cambiar su estado civil y, con la escritura en el barco de Diario de un poeta reciencasado, el rumbo definitivo de la poesía española contemporánea. El gran valor de este conjunto de cartas se debe, además de las muchas inéditas, a un ejemplar trabajo de investigación y edición que ha logrado situar cronológicamente las ya conocidas. De este modo, Alfonso Alegre ha abierto nuevas veredas para los investigadores en aspectos como la génesis de la revista Helios (1903-1904) o su participación en la revista Renacimiento (1907), en pasajes biográficos poco conocidos (los del tránsito de un siglo al siguiente) o en relaciones entre corresponsales que ofrecen novedosas perspectivas de estudio. En este sentido, es excepcional el conjunto de 17 cartas a Rubén Darío, dos de ellas inéditas, siguiendo los originales manuscritos que se creían perdidos desde que en 1940 las editara parcialmente y con censuras Alberto Ghiraldo. También es digna de mención la tarjeta postal manuscrita a Emilia Pardo Bazán con el envío de Poemas májicos y dolientes (1912)20, las cartas al «maestro» Unamuno, a José Ortega y Gasset, a Antonio y a Manuel Machado, a Ramón Gómez de la Serna, a Juan Guerrero Ruiz, la intensa correspondencia con Gregorio Martínez Sierra y María de la O Lejárraga, la amistad poética primero y epistolar después con Enrique Díez-Canedo y, entre todas ellas, la traslación al lector de hoy del ambiente que se fue gestando entre el círculo de intelectuales en torno a Francisco Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza. El amor sin fisuras por Zenobia se trasluce en las cartas a la madre de ésta, Isabel Aymar y a María Martos, amiga común de los futuros esposos. En ambos grupos epistolares se da una idea del acoso a que Zenobia se vio sometida hasta que Juan Ramón consiguió vencer los primeros rechazos de la joven y su madre. La riqueza de este epistolario, por tanto, se debe no sólo a la aportación documental e histórica de las misivas que revelan aspectos a veces sutiles, a veces no tanto de la biografía del poeta y de la época, sino también a la calidad literaria propia de las cartas. No hay que olvidar que, como advierte el editor, entre los ansiados proyectos del poeta que quedaron inéditos está la «voluntad de reunir las cartas escritas por él, como parte constitutiva de su obra literaria»21.

Por su lado, el epistolario de Zenobia Camprubí con Juan Guerrero Ruiz y su familia reúne casi 700 cartas, en su mayoría inéditas. Este documento es asimismo excepcional porque nos presenta a una Zenobia muy distinta de la que reflejan sus diarios, también publicados por Graciela Palau de Nemes, estudiante en Puerto Rico cuando llegó exiliado el matrimonio, especialista en la obra del poeta y posteriormente profesora de la Universidad de Maryland. Frente a la tristeza de los años de exilio y a la imagen que teníamos de ella como la sombra que se encerraba en el baño para no molestar el silencio monacal del poeta, encontramos a una mujer alegre, consciente de su cotidianeidad con la poesía misma. Para Graciela Palau de Nemes, «A Zenobia le ha tratado mal la historia. Nunca estuvo a la sombra de Juan Ramón, nunca fue una mujer sin personalidad, anulada. Zenobia es el orden del poeta y ya antes de casarse decidió cuál sería la obra de su vida: Juan Ramón»22. La singularidad se refleja también en los datos acerca de las duras condiciones de vida durante el exilio, propio y de los amigos, así como en la información que las cartas aportan a la evolución de la producción juanramoniana. Una producción que, como asegura Palau de Nemes culmina con su «búsqueda poética ontológica» en Animal de fondo y, por tanto, en el póstumo Dios deseado y deseante. A los dos tomos de la correspondencia de Zenobia hay que añadir un tercero, publicado en 2009, del diálogo con Graciela Palau de Nemes quien, como desvela esta correspondencia, jugó un papel fundamental para que la Universidad de Maryland presentara la candidatura del poeta a los premios de la Academia Sueca23.

Zenobia no será la única mujer a quien los editores de correspondencia presten atención. Se han publicado colecciones de cartas de María Zambrano, Rosa Chacel y Ernestina de Champourcín. María Zambrano cuenta con diversos epistolarios parciales que, desde la perspectiva metodológica, han sido editados con desigual fortuna24. De todos ellos, la correspondencia con José Bergamín, Lezama Lima, José Ángel Valente y Agustín Andreu traslucen el vuelo místico del lenguaje y la razón poética del pensamiento zambraniano y, en algunos casos, su evolución en el tiempo. Asimismo se percibe en sus cartas del exilio la desnudez de su dolor por España y por los amigos perdidos o dispersos. Sería deseable una edición completa del epistolario de María Zambrano, quizá en compañía de unas necesarias Obras completas25.

Las cartas de Rosa Chacel cruzadas con Ana María Moix26, presentan una visión de la época desde una perspectiva distinta y distante. Se trata de un diálogo desigual entre dos Españas destinadas a no entenderse a fuerza de no conocerse, pero que resultan apropiadas por los recuerdos de Rosa Chacel sobre su amistad con los poetas de la España prebélica. Por otro lado, las cartas de la joven Moix iluminan especialmente los orígenes de los Novísimos. La correspondencia entre Ernestina de Champurcín y Carmen Conde27 se diferencia de las anteriores en que ambas corresponsales son mujeres y escritoras coetáneas. Era necesario contar con el testimonio femenino para completar el enfoque de época que ofrece el resto de los epistolarios, aunque parece excesivo el modo en que la editora propone una «relectura» de la historiografía de la época a la luz de los datos que ofrecen las cartas entre mujeres: «Su aportación a esta relectura de la historia que acabo de mencionar es muy valiosa, ya que apenas hay publicadas algunas cartas cruzadas de mujeres durante estos años»28.

El epistolario de Benjamín Jarnés29 inauguró las publicaciones del proyecto Epístola aunque se publicara cronológicamente después como consecuencia de una variación sobre la marcha del proyecto inicial. Es el único epistolario construido sobre una mayoría de cartas recibidas por el autor entre 1919 y 1939. El resultado es un cierto desenfoque del protagonista ligeramente salvado por un conjunto de textos del autor inéditos («Cuadernos íntimos») procedentes de copias conservadas en el archivo de la institución Fernando El Católico de Zaragoza. Por su carácter literario, y a pesar del indudable perfil personal, autobiográfico y hasta confesional resaltado por los editores30, no parece el epistolario de cartas recibidas el lugar natural para su publicación. Esto no impide que el prólogo sea de gran utilidad sobre todo tratándose de un prosista de vanguardia que a pesar de su excelencia, de haber sido uno de los principales exponentes de la prosa del «arte nuevo» y de que sus obras son de obligada lectura para entender el proceso de renovación de la novela de las primeras décadas del pasado siglo, todavía es un autor poco conocido. La correspondencia aporta detalles sobre la vida cultural de aquellos años y sobre la situación dramática de nuestros autores durante la guerra civil y la posguerra, si bien hubiera sido deseable que se localizara e incluyera más misivas del protagonista con vistas a dar una idea al lector menos familiarizado con este personaje de la calidad literaria y humana de Benjamín Jarnés. Para los conocedores de su obra, se hace imprescindible la lectura a fondo de los «Cuadernos íntimos» si se quiere entender mejor su evolución literaria y si se quiere aventurar los derroteros de su prosa en caso de que la historia no hubiera sido pertinaz con la destrucción y la diáspora de 1936 a 1939.

Los epistolarios del 27 y los de periodos y autores limítrofes tienen un futuro muy prometedor en los próximos años31. Queda todavía mucha red tejida entre ellos y mucho camino por andar en nuestro conocimiento sobre la época. Sería deseable que el ejemplo de la edición rigurosa desde el punto de vista filológico y el esmero y cuidado, desde una perspectiva editorial alcanzara a todas las publicaciones al menos en los elementos señalados como básicos. Un deseo de rigor y cuidado que hacemos extensible a los epistolarios no exentos, a aquéllos que completan ediciones de poemas, narraciones o antologías32. Y es que las cartas hasta ahora publicadas han venido a desvelar que la realidad sellada con la etiqueta de «grupo del 27» estaba mucho más enmarañada de lo que los más intuitivos llegaron a imaginar y que, en numerosas ocasiones, las afirmaciones, ópticas y «verdades» de artículos, ensayos, memorias y recuerdos perpetuados en el tiempo, tenían algo de fundamento pero en otras han resultado ser simplificaciones o reelaboraciones literaturizadas de episodios más complejos. La red privada de los acontecimientos públicos que constituyó el 27 no ha hecho más que empezar. Apenas hemos tirado de algunos cabos y se nos ha abierto todo una multiplicidad de sutilezas que sólo con el tiempo nos permitirá perfilar completamente las voces personales en esta historia común.

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Litoral nº 248. Cartas y caligrafías

Año: 2009